lunes, 18 de agosto de 2014

EL MEJOR ERROR DE MI VIDA

La vida es una inmensa caminata aleatoria donde las decisiones y los eventos forman un collar de cuentas (y de cuentos) infinito.  De manera más o menos consciente, racional o instintiva, meditada o refleja, vamos tomando las decisiones que van definiendo nuestro devenir acompañadas por esos eventos no predecibles que algunos asociamos con el azar y otros con el destino.

En mis cursos vinculados al arte de tomar decisiones hago hincapié en dos criterios.  El primero se refiere a que, a pesar de los esfuerzos que hagamos para darle soporte racional a las decisiones, las más importantes tienen un corte emocional.  El segundo criterio se relaciona con no ser “resultadista”, es decir, no dejarse llevar por los resultados posteriores al momento de evaluar la calidad de una decisión.

Jugar a la lotería, por ejemplo, es una pésima decisión.  Si un día determinado te provocó jugar la lotería y el número resultó ganador, no deja de ser una pésima decisión.  Pero qué tal si tienes la gran corazonada de que ese es el día de tu suerte y que no sólo debes jugar lotería sino “invertir” en el casino a enfrentar tu “glorioso destino.”  Es en esos momentos de “pálpitos” cuando se corren los peores riesgos y se cometen las peores estupideces.

Aun así, con toda mi racionalidad ingenieril, un día soñé con los seis números del loto.  Dada la interesante coincidencia, jugué esos seis números con la suerte que no pegué ninguno.  Menos mal, digo hoy por hoy, quizás si hubiese ganado piches 50 millones de dólares me hubiese pasado el resto de mis horas de sueño pujando por otro “milagrito”.  Perdón, ¡qué error! Estoy juzgando mi decisión en función del resultado y hasta estoy juzgando a la suerte.  Para ser más preciso en la descripción de este error presento a continuación una porción de una antigua fábula china.

“En una aldea de china vivía un campesino con su familia. Una noche hubo una tormenta muy grande y cayó un rayo que destrozó la cerca que guardaba la granja, por ese motivo el único caballo que tenía el campesino se escapó. A la mañana siguiente llegaron sus vecinos y todos le decían; el único caballo que tenías y se ha escapado, ahora no podrás arar la tierra y te morirás de hambre, ¡¡¡que mala suerte has tenido!!.

El campesino bajaba la cabeza y decía; mala suerte, buena suerte ¿quien sabe?... Pasaron unos días y una mañana el campesino vio cómo su caballo volvía pero no volvía solo traía con él a una potrilla salvaje. El campesino se alegró mucho , a la mañana siguiente llegaron sus vecinos y todos le decían… ha vuelto tu caballo y encima trae consigo una potrilla, ahora tendrás potrillos y podrás venderlos te harás un hombre rico¡¡ que buena suerte has tenido!!.
El campesino bajaba la cabeza y decía, buena suerte , mala suerte, quien sabe…”

Justamente ese sentido relativo de la suerte es lo que da posibilidad que tengamos una hermosa ironía al encontrar en nuestra historia de decisiones “el mejor error de nuestras vidas.”  Para ahondar en la idea, vamos a referirnos al otro criterio, el de la relación entre las decisiones fundamentales en la vida y las emociones.  Comienzo por invitar a los lectores a que me digan cuáles son los criterios racionales para decidir con quién casarse.  Notemos la inmensa importancia que tiene esta decisión y debe estar claro que debemos tomarla con mucho cuidado.  Para ayudarlos un poco, les propongo algunos criterios que he pensado:
·         Maximización de la belleza y salud de los hijos
·         Maximización del ingreso familiar
·         Maximización del placer sexual
·         Maximización de la felicidad

Al final, ninguna racionalidad prevalece y terminamos como aquella canción:
Te quiero,
no preguntes por qué ni por qué no
te estoy amando yo
te quiero porque lo manda el corazón
no encuentro otra razón

Aun así, debo confesar que mi decisión de casarme tuvo bases racionales dignas de un profesor de Probabilidades.  Cuando llegó el momento de aquella crucial decisión, tomé un generador de números aleatorios binarios (forma rebuscada de decir “moneda”) y me dije: “si sale cara, me caso; sello, no me caso”.  La lancé y salió sello y entonces me dije: “de tres pa` dos.”  Como ven, en determinadas circunstancias la racionalidad es derrotada aplastantemente por la emotividad.

Quizás el caso más común de este avasallamiento ocurre con los embarazos no planificados, o mejor aún, con el famoso “acto” que los precede.  En los hombres parece  que ocurre una sustitución del dominio de una cabeza por otra y no sabemos que pasará en las mujeres pero en un “acto” de descuido tomamos la decisión casi accidental (¿?) de ser padres.  He aquí otro ejemplo de decisiones trascendentales de tipo emocional, o mejor, pasional.

Tras el “no me ha llegado” suelen ocurrir muchos dramas.  Muchos planes y sueños se truncan y la caminata aleatoria de la vida toma un trayecto muy distinto.  Sin embargo, al pasar los años y con la criatura convertida en “todo un hombre” o “toda una mujer”, muchos terminamos diciendo como mi prima Irene: “Míralo ahí, el mejor error de mi vida.”

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