La vida es una inmensa
caminata aleatoria donde las decisiones y los eventos forman un collar de
cuentas (y de cuentos) infinito. De
manera más o menos consciente, racional o instintiva, meditada o refleja, vamos
tomando las decisiones que van definiendo nuestro devenir acompañadas por esos
eventos no predecibles que algunos asociamos con el azar y otros con el
destino.
En mis cursos
vinculados al arte de tomar decisiones hago hincapié en dos criterios. El primero se refiere a que, a pesar de los
esfuerzos que hagamos para darle soporte racional a las decisiones, las más
importantes tienen un corte emocional.
El segundo criterio se relaciona con no ser “resultadista”, es decir, no
dejarse llevar por los resultados posteriores al momento de evaluar la calidad
de una decisión.
Jugar a la lotería, por
ejemplo, es una pésima decisión. Si un
día determinado te provocó jugar la lotería y el número resultó ganador, no
deja de ser una pésima decisión. Pero
qué tal si tienes la gran corazonada de que ese es el día de tu suerte y que no
sólo debes jugar lotería sino “invertir” en el casino a enfrentar tu “glorioso
destino.” Es en esos momentos de “pálpitos”
cuando se corren los peores riesgos y se cometen las peores estupideces.
Aun así, con toda mi
racionalidad ingenieril, un día soñé con los seis números del loto. Dada la interesante coincidencia, jugué esos
seis números con la suerte que no pegué ninguno. Menos mal, digo hoy por hoy, quizás si
hubiese ganado piches 50 millones de dólares me hubiese pasado el resto de mis
horas de sueño pujando por otro “milagrito”.
Perdón, ¡qué error! Estoy juzgando mi decisión en función del resultado
y hasta estoy juzgando a la suerte. Para
ser más preciso en la descripción de este error presento a continuación una porción
de una antigua fábula china.
“En
una aldea de china vivía un campesino con su familia. Una noche hubo una
tormenta muy grande y cayó un rayo que destrozó la cerca que guardaba la
granja, por ese motivo el único caballo que tenía el campesino se escapó. A la
mañana siguiente llegaron sus vecinos y todos le decían; el único caballo que
tenías y se ha escapado, ahora no podrás arar la tierra y te morirás de hambre,
¡¡¡que mala suerte has tenido!!.
El
campesino bajaba la cabeza y decía; mala suerte, buena suerte ¿quien sabe?...
Pasaron unos días y una mañana el campesino vio cómo su caballo volvía pero no
volvía solo traía con él a una potrilla salvaje. El campesino se alegró mucho ,
a la mañana siguiente llegaron sus vecinos y todos le decían… ha vuelto tu
caballo y encima trae consigo una potrilla, ahora tendrás potrillos y podrás
venderlos te harás un hombre rico¡¡ que buena suerte has tenido!!.
El
campesino bajaba la cabeza y decía, buena suerte , mala suerte, quien sabe…”
Justamente ese sentido relativo de la suerte
es lo que da posibilidad que tengamos una hermosa ironía al encontrar en
nuestra historia de decisiones “el mejor error de nuestras vidas.” Para ahondar en la idea, vamos a referirnos
al otro criterio, el de la relación entre las decisiones fundamentales en la
vida y las emociones. Comienzo por invitar
a los lectores a que me digan cuáles son los criterios racionales para decidir
con quién casarse. Notemos la inmensa importancia
que tiene esta decisión y debe estar claro que debemos tomarla con mucho
cuidado. Para ayudarlos un poco, les
propongo algunos criterios que he pensado:
·
Maximización de la belleza y salud de
los hijos
·
Maximización del ingreso familiar
·
Maximización del placer sexual
·
Maximización de la felicidad
Al final, ninguna racionalidad prevalece y terminamos como aquella canción:
Te
quiero,
no
preguntes por qué ni por qué no
te
estoy amando yo
te
quiero porque lo manda el corazón
no
encuentro otra razón
Aun así, debo confesar
que mi decisión de casarme tuvo bases racionales dignas de un profesor de
Probabilidades. Cuando llegó el momento
de aquella crucial decisión, tomé un generador de números aleatorios binarios
(forma rebuscada de decir “moneda”) y me dije: “si sale cara, me caso; sello,
no me caso”. La lancé y salió sello y
entonces me dije: “de tres pa` dos.” Como ven, en determinadas circunstancias la
racionalidad es derrotada aplastantemente por la emotividad.
Quizás el caso más
común de este avasallamiento ocurre con los embarazos no planificados, o mejor
aún, con el famoso “acto” que los precede.
En los hombres parece que ocurre
una sustitución del dominio de una cabeza por otra y no sabemos que pasará en
las mujeres pero en un “acto” de descuido tomamos la decisión casi accidental (¿?)
de ser padres. He aquí otro ejemplo de
decisiones trascendentales de tipo emocional, o mejor, pasional.
Tras el “no me ha
llegado” suelen ocurrir muchos dramas.
Muchos planes y sueños se truncan y la caminata aleatoria de la vida
toma un trayecto muy distinto. Sin
embargo, al pasar los años y con la criatura convertida en “todo un hombre” o “toda
una mujer”, muchos terminamos diciendo como mi prima Irene: “Míralo ahí, el
mejor error de mi vida.”
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