sábado, 30 de agosto de 2014

¡QUÉ ARRECHO!

Son muy pocas las palabras que tengan en Venezuela un uso tan frecuente y sentido como “arrecho” y sus derivados.  Independientemente de lo que digan los libros y los diccionarios, pienso que el origen de esa palabra debe ubicarse a mediados del siglo XX, cuando las compañías petroleras y sus musiues nos dejaron su legado cultural. 

Mi teoría es que la palabra se deriva del término inglés “out rageous”, cuya pronunciación en español podría escribirse como “aurrechous” y cuyo significado tiene un doble uso interesante.  Por un lado, se escuchaba a los gringos decir: “¡You make me be out rageous!” que era traducido por los maracuchos como “¡Me poneís arrecho!”.  De modo que cuando ellos escuchaban aquel “aurrechous”, sabían que el jefe estaba más que enojado.  Pero también el jefe exclamaba con admiración “¡aurrechous!” cuando consideraba que algo tenía condición de sobresaliente, excelente, o “arrechìsimo”, como diríamos hoy día.  De modo que esta palabra denota “enojo” cuando se refiere a la emoción de las personas y denota “excelencia” cuando se refiere a eventos, tal como las acepciones originales de la frase “out rageous” del inglés. 

Ahora bien, no sabemos qué tipo de musiu visitó a los colombianos.  Lo cierto es que la acepción de esta palabra es muy distinta en el vecino país.  Una mujer, especialmente una mujer, esta “arrecha” si tiene una necesidad urgente de relaciones sexuales.  De modo que la palabra “arrechera” es para los colombianos lo que para los españoles es “cachondez”.  A uno le puede volar la imaginación pensando en qué situaciones llevaron a los colombianos a tomar esta interpretación de la palabra.

Lo cierto es que estas variadas acepciones de las palabras para los distintos pueblos hispanoparlantes suelen presentarnos situaciones muy graciosas.  Me contaba mi amigo colombiano Paternina que estaba empatado con una chica venezolana y que en determinado momento estaba “metiendo mano” más allá de lo que ella consideraba permisible.  Entonces ella le dijo: “Deja, que me vas a hacer arrechar” – A lo que él respondió, con acento barranquillero – “Pero si eso es lo que estoy buscando.”

Otra situación graciosa involucra a mi prima Mireya.  Estaba ella, venezolana, junto a una amiga mexicana y otra argentina cuando la mexicana les invita a ir a un almacén a comprar unas bragas.  Van entonces al almacén y cuando ya están en la caja pagando lo que habían comprado ocurre que no ven que la mexicana esté comprando ninguna braga, según el entendimiento de la venezolana y de la argentina.  “¿Cómo que no? Aquí están” – Dice la mexicana mientras muestra unos objetos. - ¡Ah, pantaletas! – Dijo mi prima, – ¡Ah, calzones! – Dijo la argentina.  Más gracioso aún es el hecho de que los venezolanos llamamos “calzones” a los pantalones.  Me pregunto qué dirán los argentinos cuando un venezolano diga: “¡Nosotros, los machos-machotes venezolanos sí llevamos los calzones bien puestos!”

Otra anécdota afín nos la contó el tío Alves.  Estaba él en un almacén en Santiago de Chile buscando unas medias.  Cuando la chica vendedora le muestra la mercancía siempre le presenta unas “medias muy largas”, unas que llegan como hasta la rodilla y él las quería, como nos gusta a los venezolanos, más cortas, que lleguen hasta más arribita de los tobillos.  La chica se sintió burlada por el cliente y se mostraba incomoda y confundida – “¿Cómo que medias más cortas?  Estas son las medias más cortas que tenemos.” – Mi tío opto por subirse un poco la bota del pantalón y mostrarle lo que quería, a lo cual ella respondió: “¡Ah, soquete!” – Esto causó la molestia natural de mi tío quién no entendía porque la vendedora le había dirigido tal “improperio.”  Para completar, al preguntar por el precio de las “medias” o los “soquetes” o “como se llamen”, ella responde: “son mil cincuenta pesos”.  Mi tío le dice “no será posible que me le bajes el piquito”, pidiendo de este modo que le quitaran el “cincuenta” o “piquito” del precio total.  Ahora sí que la chilena estaba muy “arrecha” (en el sentido venezolano).

Por fin llegan ambos muy enfadados ante el cajero y dueño del establecimiento, quien no era ni chileno ni venezolano, y quien pudo hacer todas las aclaratorias del caso.  Tiene mucho sentido que se llamen “medias” a aquellos calcetines que llegan hasta la mitad de la pierna y tener “medias más cortas” es una contradicción.  Sin embargo nuestras medias venezolanas son cortas y punto.  Por otro lado, tiene sentido esto de “soquete” como una especie de anglisismo por “litle socks”.  Y quizás la versión ofensiva de esa palabra tenga el origen en “sucker” que quiere decir “tonto” o “pendejo”.  A mi tío le quedó claro que no le debe pedir a una chica chilena que “le baje el piquito” con tanta frescura, aunque finalmente con mucha amabilidad “le bajaron el piquito.”


Otra historia ocurrió con unos argentinos que estaban visitando un mercado venezolano y estaban descubriendo nuestras frutas “exóticas.”  Cuando me preguntaron acerca de determinada fruta les explique que a esa la llamábamos “zapote” y que había dos tipos de zapote – los zapotes de color zapote, los cuales mostré aparte, y los zapotes que tenían en sus manos (también conocidos como zapotes-mamey).  Ellos me preguntaron mi opinión acerca de la fruta y le respondí que era una fruta deliciosa, la cual se puede disfrutar de dos maneras, chupándole la concha o chupándole la pepa.  De inmediato los argentinos tomaron la tangente y me dijeron con picardía: “Los argentinos preferimos chupar la concha”.  A lo cual obviamente tenía que replicar que “los venezolanos preferimos chupar la pepa.”  Aquí llegamos a la interesante paradoja de que, desde cierta perspectiva, estas palabras son sinónimas.  No obstante, nunca he podido entender por qué para los argentinos las loras tienen concha en lugar de plumaje. ¡Qué arrecho!       

lunes, 18 de agosto de 2014

EL MEJOR ERROR DE MI VIDA

La vida es una inmensa caminata aleatoria donde las decisiones y los eventos forman un collar de cuentas (y de cuentos) infinito.  De manera más o menos consciente, racional o instintiva, meditada o refleja, vamos tomando las decisiones que van definiendo nuestro devenir acompañadas por esos eventos no predecibles que algunos asociamos con el azar y otros con el destino.

En mis cursos vinculados al arte de tomar decisiones hago hincapié en dos criterios.  El primero se refiere a que, a pesar de los esfuerzos que hagamos para darle soporte racional a las decisiones, las más importantes tienen un corte emocional.  El segundo criterio se relaciona con no ser “resultadista”, es decir, no dejarse llevar por los resultados posteriores al momento de evaluar la calidad de una decisión.

Jugar a la lotería, por ejemplo, es una pésima decisión.  Si un día determinado te provocó jugar la lotería y el número resultó ganador, no deja de ser una pésima decisión.  Pero qué tal si tienes la gran corazonada de que ese es el día de tu suerte y que no sólo debes jugar lotería sino “invertir” en el casino a enfrentar tu “glorioso destino.”  Es en esos momentos de “pálpitos” cuando se corren los peores riesgos y se cometen las peores estupideces.

Aun así, con toda mi racionalidad ingenieril, un día soñé con los seis números del loto.  Dada la interesante coincidencia, jugué esos seis números con la suerte que no pegué ninguno.  Menos mal, digo hoy por hoy, quizás si hubiese ganado piches 50 millones de dólares me hubiese pasado el resto de mis horas de sueño pujando por otro “milagrito”.  Perdón, ¡qué error! Estoy juzgando mi decisión en función del resultado y hasta estoy juzgando a la suerte.  Para ser más preciso en la descripción de este error presento a continuación una porción de una antigua fábula china.

“En una aldea de china vivía un campesino con su familia. Una noche hubo una tormenta muy grande y cayó un rayo que destrozó la cerca que guardaba la granja, por ese motivo el único caballo que tenía el campesino se escapó. A la mañana siguiente llegaron sus vecinos y todos le decían; el único caballo que tenías y se ha escapado, ahora no podrás arar la tierra y te morirás de hambre, ¡¡¡que mala suerte has tenido!!.

El campesino bajaba la cabeza y decía; mala suerte, buena suerte ¿quien sabe?... Pasaron unos días y una mañana el campesino vio cómo su caballo volvía pero no volvía solo traía con él a una potrilla salvaje. El campesino se alegró mucho , a la mañana siguiente llegaron sus vecinos y todos le decían… ha vuelto tu caballo y encima trae consigo una potrilla, ahora tendrás potrillos y podrás venderlos te harás un hombre rico¡¡ que buena suerte has tenido!!.
El campesino bajaba la cabeza y decía, buena suerte , mala suerte, quien sabe…”

Justamente ese sentido relativo de la suerte es lo que da posibilidad que tengamos una hermosa ironía al encontrar en nuestra historia de decisiones “el mejor error de nuestras vidas.”  Para ahondar en la idea, vamos a referirnos al otro criterio, el de la relación entre las decisiones fundamentales en la vida y las emociones.  Comienzo por invitar a los lectores a que me digan cuáles son los criterios racionales para decidir con quién casarse.  Notemos la inmensa importancia que tiene esta decisión y debe estar claro que debemos tomarla con mucho cuidado.  Para ayudarlos un poco, les propongo algunos criterios que he pensado:
·         Maximización de la belleza y salud de los hijos
·         Maximización del ingreso familiar
·         Maximización del placer sexual
·         Maximización de la felicidad

Al final, ninguna racionalidad prevalece y terminamos como aquella canción:
Te quiero,
no preguntes por qué ni por qué no
te estoy amando yo
te quiero porque lo manda el corazón
no encuentro otra razón

Aun así, debo confesar que mi decisión de casarme tuvo bases racionales dignas de un profesor de Probabilidades.  Cuando llegó el momento de aquella crucial decisión, tomé un generador de números aleatorios binarios (forma rebuscada de decir “moneda”) y me dije: “si sale cara, me caso; sello, no me caso”.  La lancé y salió sello y entonces me dije: “de tres pa` dos.”  Como ven, en determinadas circunstancias la racionalidad es derrotada aplastantemente por la emotividad.

Quizás el caso más común de este avasallamiento ocurre con los embarazos no planificados, o mejor aún, con el famoso “acto” que los precede.  En los hombres parece  que ocurre una sustitución del dominio de una cabeza por otra y no sabemos que pasará en las mujeres pero en un “acto” de descuido tomamos la decisión casi accidental (¿?) de ser padres.  He aquí otro ejemplo de decisiones trascendentales de tipo emocional, o mejor, pasional.

Tras el “no me ha llegado” suelen ocurrir muchos dramas.  Muchos planes y sueños se truncan y la caminata aleatoria de la vida toma un trayecto muy distinto.  Sin embargo, al pasar los años y con la criatura convertida en “todo un hombre” o “toda una mujer”, muchos terminamos diciendo como mi prima Irene: “Míralo ahí, el mejor error de mi vida.”