Son muy pocas
las palabras que tengan en Venezuela un uso tan frecuente y sentido como
“arrecho” y sus derivados.
Independientemente de lo que digan los libros y los diccionarios, pienso
que el origen de esa palabra debe ubicarse a mediados del siglo XX, cuando las
compañías petroleras y sus musiues
nos dejaron su legado cultural.
Mi teoría es que
la palabra se deriva del término inglés “out rageous”, cuya pronunciación en
español podría escribirse como “aurrechous” y cuyo significado tiene un doble
uso interesante. Por un lado, se
escuchaba a los gringos decir: “¡You make me be out rageous!” que era traducido
por los maracuchos como “¡Me poneís arrecho!”.
De modo que cuando ellos escuchaban aquel “aurrechous”, sabían que el
jefe estaba más que enojado. Pero
también el jefe exclamaba con admiración “¡aurrechous!” cuando consideraba que
algo tenía condición de sobresaliente, excelente, o “arrechìsimo”, como
diríamos hoy día. De modo que esta
palabra denota “enojo” cuando se refiere a la emoción de las personas y denota “excelencia”
cuando se refiere a eventos, tal como las acepciones originales de la frase
“out rageous” del inglés.
Ahora bien, no
sabemos qué tipo de musiu visitó a
los colombianos. Lo cierto es que la
acepción de esta palabra es muy distinta en el vecino país. Una mujer, especialmente una mujer, esta
“arrecha” si tiene una necesidad urgente de relaciones sexuales. De modo que la palabra “arrechera” es para los
colombianos lo que para los españoles es “cachondez”. A uno le puede volar la imaginación pensando
en qué situaciones llevaron a los colombianos a tomar esta interpretación de la
palabra.
Lo cierto es que
estas variadas acepciones de las palabras para los distintos pueblos
hispanoparlantes suelen presentarnos situaciones muy graciosas. Me contaba mi amigo colombiano Paternina que
estaba empatado con una chica venezolana y que en determinado momento estaba “metiendo
mano” más allá de lo que ella consideraba permisible. Entonces ella le dijo: “Deja, que me vas a
hacer arrechar” – A lo que él respondió, con acento barranquillero – “Pero si
eso es lo que estoy buscando.”
Otra situación
graciosa involucra a mi prima Mireya.
Estaba ella, venezolana, junto a una amiga mexicana y otra argentina
cuando la mexicana les invita a ir a un almacén a comprar unas bragas. Van entonces al almacén y cuando ya están en
la caja pagando lo que habían comprado ocurre que no ven que la mexicana esté
comprando ninguna braga, según el entendimiento de la venezolana y de la
argentina. “¿Cómo que no? Aquí están” –
Dice la mexicana mientras muestra unos objetos. - ¡Ah, pantaletas! – Dijo mi
prima, – ¡Ah, calzones! – Dijo la argentina.
Más gracioso aún es el hecho de que los venezolanos llamamos “calzones”
a los pantalones. Me pregunto qué dirán
los argentinos cuando un venezolano diga: “¡Nosotros, los machos-machotes
venezolanos sí llevamos los calzones bien puestos!”
Otra anécdota
afín nos la contó el tío Alves. Estaba
él en un almacén en Santiago de Chile buscando unas medias. Cuando la chica vendedora le muestra la
mercancía siempre le presenta unas “medias muy largas”, unas que llegan como
hasta la rodilla y él las quería, como nos gusta a los venezolanos, más cortas,
que lleguen hasta más arribita de los tobillos.
La chica se sintió burlada por el cliente y se mostraba incomoda y
confundida – “¿Cómo que medias más cortas?
Estas son las medias más cortas que tenemos.” – Mi tío opto por subirse
un poco la bota del pantalón y mostrarle lo que quería, a lo cual ella
respondió: “¡Ah, soquete!” – Esto causó la molestia natural de mi tío quién no
entendía porque la vendedora le había dirigido tal “improperio.” Para completar, al preguntar por el precio de
las “medias” o los “soquetes” o “como se llamen”, ella responde: “son mil
cincuenta pesos”. Mi tío le dice “no
será posible que me le bajes el piquito”, pidiendo de este modo que le quitaran
el “cincuenta” o “piquito” del precio total.
Ahora sí que la chilena estaba muy “arrecha” (en el sentido venezolano).
Por fin llegan
ambos muy enfadados ante el cajero y dueño del establecimiento, quien no era ni
chileno ni venezolano, y quien pudo hacer todas las aclaratorias del caso. Tiene mucho sentido que se llamen “medias” a
aquellos calcetines que llegan hasta la mitad de la pierna y tener “medias más
cortas” es una contradicción. Sin
embargo nuestras medias venezolanas son cortas y punto. Por otro lado, tiene sentido esto de
“soquete” como una especie de anglisismo por “litle socks”. Y quizás la versión ofensiva de esa palabra
tenga el origen en “sucker” que quiere decir “tonto” o “pendejo”. A mi tío le quedó claro que no le debe pedir
a una chica chilena que “le baje el piquito” con tanta frescura, aunque
finalmente con mucha amabilidad “le bajaron el piquito.”
Otra historia
ocurrió con unos argentinos que estaban visitando un mercado venezolano y
estaban descubriendo nuestras frutas “exóticas.” Cuando me preguntaron acerca de determinada
fruta les explique que a esa la llamábamos “zapote” y que había dos tipos de
zapote – los zapotes de color zapote, los cuales mostré aparte, y los zapotes
que tenían en sus manos (también conocidos como zapotes-mamey). Ellos me preguntaron mi opinión acerca de la
fruta y le respondí que era una fruta deliciosa, la cual se puede disfrutar de
dos maneras, chupándole la concha o chupándole la pepa. De inmediato los argentinos tomaron la
tangente y me dijeron con picardía: “Los argentinos preferimos chupar la
concha”. A lo cual obviamente tenía que
replicar que “los venezolanos preferimos chupar la pepa.” Aquí llegamos a la interesante paradoja de
que, desde cierta perspectiva, estas palabras son sinónimas. No obstante, nunca he podido entender por qué
para los argentinos las loras tienen concha en lugar de plumaje. ¡Qué arrecho!